
“Gamer”, jugador de videojuegos o usuario de ocio interactivo: podemos llamarlo como queramos. Pero algo está claro: una vez llega la paternidad al hogar, las reglas del juego cambian. Para siempre. No decimos nada nuevo, aunque sí nos gustaría saber cómo lo afrontan distintos perfiles de jugadores.
Por su propia concepción, el videojuego no se disfruta como otras formas de consumo cultural. A no ser que devores de series y cine compulsivamente, los juegos de corte mayoritario requieren una primera toma de contacto, previo aprendizaje, tras la que vendrán un buen puñado de horas extra. ¿Cómo se concilia esto con la paternidad y el mercado laboral? ¿Se eligen otros géneros, piezas breves, arcades de picoteo?





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